miércoles, 2 de mayo de 2012

Algo por lo que luchar, el mar.


Las voces de su cabeza la atormentaban a cada paso que daba, en cada rincón de aquella celda la acosaban del asesinato de aquella niña que sólo quería ser feliz, sin embargo, ella no lo había hecho, ella no quería acabar con la vida de ningún ser inocente. Le encantaba la alegría que inundaba su cuerpo al ver a una criatura pequeña, ese brillo en sus ojos, esa paz y seguridad que transmitían, que lo único que deseaba era que la protegiesen.

No sabía en qué momento su cabeza se había ido por completo y cómo había acabado con aquella pequeña criatura que comenzaba a dar sus primeros pasos, tímida, con miedo a que le hiciesen algo. No debería haber temido aquello, al final el mayor temor se convirtió en su pesadilla.
“¡Asesina! ¡La mataste! ¡Es tu culpa!” Golpeaba su cabeza contra las paredes acolchadas de aquel lugar. De una punta a otra intentando que las voces así se callaran y la dejasen tranquila. No sabía cuántas noches llevaba sin dormir, no era consciente del paso del tiempo, si era de noche o de día. La comida debían dársela a la fuerza pues cada vez que se la llevaban intentaba escapar. Mordía y pegaba patadas a los enfermeros que iban para obligarla para comer, a los que intentaban darle su medicación, sin embargo los medicamentos no hacían nada con ella simplemente conseguían tranquilizarla lo suficiente como para poder manejarla sin que hiriese a nadie.

En su cabeza las voces les mostraba cómo había sido la vida de aquella niña inocente que sólo intentaba ser feliz y alguien en la vida, pero ella, había conseguido arrebatarle aquella felicidad y aquel sueño de vivir. La había consumido en la oscuridad encerrándola en lo más hondo, bajo tierra, dónde nada ni nadie pudiese volver a dañarla nunca más.

Recordaba cómo sus ojos verdes brillaban de felicidad, cómo sus mejillas se sonrojaban, y cómo aquella sonrisa se ensanchaba con un poco de cariño. Cómo corría a través de la playa buscando pequeñas conchas para regalar a la gente que amaba, y cómo se escabullía en mitad del monte imaginando que era un gran palacio y que todo lo que allí había era apto para jugar. Su familia siempre la trató con amor, con respeto, con alegría, le gustaba pasar los domingos rodeada de sus primos. Otra vez, de nuevo las imágenes se desvanecían provocándole un agudo dolor.

Se encogió en el suelo de su celda sollozando por el dolor de recordar a aquella niña que no tenía la culpa de nada, simplemente la mató para que la vida no hiciera con ella lo que quisiese, que la maltratasen. Se había matado a sí misma para evitar el dolor que suponía enfrentarse al mundo. Había hecho desaparecer a aquella niña pequeña, risueña y alegre que un día fue. Se convirtió en su antítesis, malévola, sin corazón y asqueada con el mundo.

Durante mucho tiempo de su vida se dedicó a hacer lo que le habían enseñado, despreciar a las personas, y verlas como las malas de las películas. Al menos así era mucho más divertido y no tenía que preocuparse de que alguien supiera de su verdadero ser. Su adolescencia la pasó encerrada en sí misma, sin acercarse a las personas por temor a resultar herida, lo que habían hecho de ella una persona huraña y tremendamente reservada.

“¡Tú me has matado! Y ahora estamos aquí por tu culpa. Nunca más volveré a ver salir la luz del sol y no podré observar el brillo de la Luna” Aquella voz era la que más le atormentaba, su propia voz era la que más puñales en el corazón le clavaba a cada minuto que pasaba, la culpaba de todo lo que había hecho por protegerla. “Lo siento, yo sólo quería lo mejor para ti, sólo quería que no te hiciesen daño, que no te lastimasen” Una y otra vez repetía aquella perorata con la intención de que su mente se calmase y la dejase tranquila. Pero cuando parecía que por fin lo había conseguido volvía a acusarla de su crimen. “No lo hiciste para protegerme, lo hiciste por salvar tu culo, lo hiciste porque no querías que viviese la vida que me tocaba a mí. Eres una egoísta.”

“¡Ayuda por favor!” Gritaba al sentir como su corazón comenzaba a bombear rápido y cómo su respiración se agitaba provocándole un corte de respiración. Sentía que sus pulmones se quedaban sin aire, que sus ojos se iban y que ya no era dueña de ella misma.
 No sabía cuánto tiempo había pasado así, tirada en el suelo de la celda, lo que le extrañaba era verse sin la camisa de fuerza, y con la puerta abierta dejando ver las luces del pasillo. Se echó un pequeño vistazo y se encontró con un vestido verde algo voluptuoso y suave alrededor de su cuerpo. Ya no había voces en su cabeza, nada la atormentaba, era libre de su propio cuerpo. Miró por la estancia y se encontró a varios médicos y enfermeros intentando reanimar aquel cuerpo que poco a poco iba perdiendo la vida. La luz de sus ojos verdes se iba perdiendo conforme ella se daba cuenta de lo que había pasado, ya no estaba encerrada en aquel cuerpo que la atormentaba, ahora podía ser libre y hacer todo aquello que le gustaba. Quería volver a sentir como las olas mojaban sus pies y como el frío recorría su cuerpo.

No se decidía a salir de aquel lugar hasta que no estuviese segura de que no iba a volver a ser encadenada al cuerpo que yacía ya sin vida en el suelo. Se arrodilló frente a él y apartó el pelo de su rostro una vez que los médicos salieron a por una camilla para trasladarla a la morgue. Aunque había odiado aquel cuerpo, estaba agradecida por él, había estado viviendo en él, y no lo iba a dejar sola en aquellos momentos.
Cuando el equipo médico y el forense dictaminaron su muerte la levantaron y la tumbaron en la camilla, sacándola de aquel lugar que había sido su hogar durante tres terribles años. Cogió su propia mano y no se separó de ella ni un instante, al salir de la habitación respiró hondo “Soy libre”. Una sonrisa cruzó su rostro al darse cuenta de que efectivamente era así, no era una simple ilusión, y aunque su cuerpo había muerto su alma aún vivía. La parte que tanto intentó salvaguardar y proteger era libre y la otra estaba muerta junto con su cuerpo.

Bajaron a la morgue para que pudiesen dictaminar la causa de la muerte. “Litio” susurró el forense al médico que la había atendido todos estos años. Las grandes cantidades de litio que utilizaban para calmarla y que durmiesen habían acabado con su vida. Su corazón dejó de bombear y sus pulmones se pararon. La droga la había matado en uno de sus ataques de histeria contra ella misma.
Salió de la morgue dejando su cuerpo atrás era momento de comenzar a vivir su vida como ella siempre había soñado. Rodeada de la gente que la quería y de niños. Aunque tenía claro que nadie podría verla, ni tocarla, ni siquiera recordarla, pues su lado amargado había provocado que poca gente conociese su verdadero ser, su verdadero yo. Se trasladó hasta la salida del centro psiquiátrico en el que había estado cuando observó como un coche llegaba a toda velocidad y se aparcaba donde primero pillaba. Aquel coche le sonaba de algo pero no recordaba bien de qué. Sin embargo, al observar bajar de aquel coche a su padre y su madre, su corazón le dio un vuelco. Quería ir, abrazarlos y consolarlos, decirles que estaba bien, que su pequeña estaba a salvo, que ya nadie la lastimaría, pero sabía que no podía. Ellos no la verían y en su rostro se reflejaba el dolor de perder una hija en aquel lugar. Sentía cómo la esperanza de sus padres por volver a verla como era se desvanecía y cómo en su lugar un anhelo y un dolor profundo cruzaban su corazón.

No podía con aquello, no podía soportar ver mal a las personas que amaba, quería decirles tantas cosas. Quería decirles que les quería, que ellos no tenían la culpa de lo que le había ocurrido, ella misma se había destruido y había enterrado a su pequeño ángel en lo más profundo de su ser. Ellos se culpaban de la muerte de ambas, de su pequeña por no haber podido evitar que su lado amargado la enterrase sin poder despedirse de ellos y de la amargada por tenerla encerrada en aquel lugar al que odiaban ir.
Con lágrimas en los ojos dejó que sus padres entrasen en la morgue para ver el cuerpo sin vida de su pequeña. Ya no volverían a verla reír, ni volverían a escuchar su voz, ni sus quejas. Todo había acabado para ellos y aunque aún tenían a su otra hija no reemplazaba el dolor de haber perdido aquella, pues perder un hijo es lo peor que puede ocurrirte en la vida, y eso se veía reflejado en sus caras.

Cerró con fuerza los ojos y se imaginó en la playa en la que siempre iba su familia, al abrir los ojos se encontró en aquel lugar, el sol la golpeaba con fuerza, no quemaba pero aún así la calentaba a pesar de que ella ya no podía sentir totalmente los elementos. Caminó con paso decidido hasta la orilla del mar, le daba igual que el agua estuviese alborotada y la mojase por completo, solamente quería volver a sentir aquella sensación de paz y tranquilidad que le proporcionaba estar en aquel lugar. Volvió a cerrar los ojos y sonrío ante el tacto suave que el mar provocaba en su espíritu y aunque no lo sentía como cuando tenía su cuerpo no le importaba. Se tumbó en la orilla con los brazos extendidos dejando que las olas rompiesen sobre su cuerpo, no tenía que respirar ya no le hacía falta, simplemente se dejaba llevar por el suave balanceo de las olas. Sentir la arena bajo su cuerpo, el sonido del mar de fondo, aquello era el paraíso y no quería alejarse de él.

Se dejó arrastrar por la marea que la metía dentro del mar, pero no le importaba, ya nada importaba, aunque deseaba vivir la vida, no podría hacerlo, era solamente un espíritu que vagaba por el mundo, sin un rumbo fijo. Le habían quitado la libertad para dársela de una forma algo más horrenda. Pues no podría estar con las personas que amaba y nunca podría enamorarse ni ser madre. Aunque agradecía a pesar de todo haberse librado de su cuerpo esclavo, de ese incesante murmullo de que todo lo hacía por su bien y no quería que nada ni nadie la lastimase. Al final ella misma se había convertido en su propio verdugo. Ella misma se había condenado a vagar sola. Pero ahora no le importaba, ahora sólo quería sentir como el mar la acunaba entre sus brazos y dormirse entre sus suaves caricias.


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