martes, 27 de septiembre de 2011

Mar

Salí de mi casa, el cielo estaba encapotado había escuchado en las noticias que iba a llover. “Ojalá lloviese así las lágrimas se camuflarían”  ese pensamiento me recorría la mente todo el rato, mientras bajaba por mi calle, no había nadie en las calles, perfecto así nadie se percataría de su presencia y mucho menos de su ausencia. Siguió bajando recorriendo y memorizando el sitio dónde se había criado para llevarlo en su mente. Las calles, la antigua plaza, esa pequeña panadería, la pescadería. Un suspiro escapó de mis labios, lo que tenía pensado hacer era una locura, sin embargo, lo necesitaba, quizás así se sentiría algo mejor. Alcancé el paseo Marítimo en unos pocos pasos, mire al mar, aquí no serviría. Eché andar hacía poniente, el viento de levante me cortaba la cara, rugía como un animal herido que quiere defenderse. El camino parecía corto, pero al echar la mirada atrás vi que me había alejado del pueblo, perfecto, mucha menos gente que pueda verme merodear por aquí. Llegué hasta mi playa, o al menos yo la consideraba así, al ser tan especial para ella, la arena le hacía cosquillas en la planta de los pies. El mar estaba bravucón, las olas eran altas, tal como a mí me gustaban, peligrosas, una de ellas golpeó contra la arena, arrastrando cualquier cosa que estuviese por delante de ella hacía dentro, absolviéndola en una espiral difícil. Mi camino estaba marcado por las olas, las gotas de estas desprendían se enredaban en mi cabello y justo a la luz de la luna parecían pequeños diamantes injertados en su cabello.
Aquí se termina todo, sólo unos pasos más, una ola perfecta y sería engullida por el mar, no pondría resistencia. Las olas me cogerían, arrastrarían mi cuerpo, lo estamparían contra las rocas, lo maltratarían y luego sería engullida, y ya nadie más sabría de mí.

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