martes, 9 de agosto de 2011

8º Ville, un piano.


-Como bien puedes imaginar, la segunda opción es lo que hace que mi cabeza, tal y como si la moviese un sistema de resortes y bisagras, se mueva hacia arriba y hacia abajo levemente para asentir. El piano era y siempre había sido aquello que me permitía expresarme sin tapujos. Si necesitaba llorar, no tenía ningún problema en soportar la colisión de mis lágrimas contra el marfil. Si estaba feliz, él estaría completamente honrado de recibir los staccatos dinámicos de júbilo.
Hasta era capaz de soportar mi miedo. El miedo a desaparecer.
Era extraño. Siempre había querido que el mundo prescindiese de mí. Y no había sido una experiencia dolorosa sino todo lo contrario; era dulce, tierna, amorosa. Sentirse como flotando en medio de ningún lado, sin dolor alguno, viendo pasar tu vida como si fuese una película. Sin remordimientos, ni lágrimas, sin pensar en los dobles caminos. Simplemente, observándola.
Y aún así, ahora tenía miedo. 

Apoyo mis manos laceradas sobre el piano mirándote de soslayo con una sonrisa esbozada en el rostro. Era uno de aquellos momentos en los que no era capaz de arrancar una sola palabra de mi garganta. Y en consonancia tampoco del piano solía nota alguna.-

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